Relatos

No es lejos

Manuel y Carlos se preparan para ver el partido que les marcará para siempre.

Mediados de los 90, antigua Ciudad de Ajos, hoy conocida como la Capital del Trabajo. Una semana antes, oña Eugenia ya le había dicho que sí, que ella iría a visitar a la comadre en las afueras del pueblo y que la casa quedaría a su cargo. Para Martín era un logro enorme, como dar el paso de ser “nene” a “muchacho”. Es que, claro, para un niño de 13 años conseguir el permiso de los dueños de casa para ver el partido con todos los amiguitos del barrio era como tener el juguete más lindo en la mañana de Reyes o sacar 5 de punta a punta, cosa que Martín nunca lo logró, pero suponía se sentía así de bien.

 

Apenas supo que se podía, salió corriendo ─descalzo como solía andar y sin preocuparse por el nuevo y filoso empedrado que acababan de colocar en aquella roja tierra─ a la casa de Carlos, su mejor amigo, para contarle que su abuela le había dado permiso y el partido de Paraguay lo iban a ver en su casa. El de la idea había sido justamente Carlos, él vivía en la casa con portones altos y vereda de piso. Si bien no se puede decir que nació en cuna de oro, Carlitos siempre pasó bien, zapatos lustrados y el único que iba en impecable guardapolvo blanco a la escuela. Los chicos de los barrios vecinos le decían “pura lata”, pero sus amigos de la cuadra sabían que Carlos era un buen mita’i, y aunque su lengua materna y la que mejor manejaba es el castellano, tenía un aceptable guaraní, lo que le facilitaba ser aceptado por sus amigos.

 

Carlitos, tenía la rebeldía propia de chicos acomodados que, a diferencia de los nenes del barrio que ayudaban a sus papás en el negocio o salían a vender chipa por la tarde, él solamente tenía que estudiar y le sobraba bastante tiempo para pensar en su siguiente travesura o en cómo hacer algo diferente que rompa esquemas o planteras. Buscaba siempre algo que le haga notar, le haga sentir vivo, le haga sentir importante. Nada mejor en ese momento que el partido de Paraguay contra Argentina. De fútbol, Carlitos no sabía mucho, de hecho, hasta ahora no es un apasionado del deporte rey, pero Martín sí… él se sabía hasta el onceno de Yugoslavia porque le apasionaba hojear libros viejos de historias del fútbol. Dibujaba por las tardes después de la escuela la Telstar, la Tango, la Azteca y la Etrusco; las pelotas que se usaron en los mundiales desde 1970 eran su pasatiempo favorito, sus trazos eran perfectos, mejores que sus dibujos de los estadios que quería conocer. Martín solía recitar, como si se tratara del abecedario, el año y el país donde se organizó cada Copa del Mundo, el campeón y el goleador; sabía en qué año Paraguay había salido campeón de América por primera vez y la marca de botines de Johan Cruyff en el 74. Todo. Tirado en el piso frío de la sala miraba la Copa República, la Copa de Campeones, el Fútbol Italiano por Canal 9 y Fútbol Español por canal 13. La Libertadores, la Copa Conmebol y el torneo local escuchaba por radio, con Julio González Cabello y Julio del Puerto.

 

Llegó el día del partido, eran las 2 de la tarde de uno de los tantos miércoles que tendría aquel año 1996. El primero en llegar a lo de Martin fue Aldo, el hijo del despensero y fanático de Cerro, como Martín. Carlos llegó un poco después con su camiseta “albirroja” oficial que le había traído su papá de Ecuador, cuando fue a ver la Copa América del 93, era la alternativa, la blanca. Jorge tenía que llegar en breve, la mamá le había ocupado a traer los galletones del turno tarde de la panadería de Derlis que está a la vuelta, así que era cuestión de minutos para que por fin esos chicos de entre 11 y 13 años pudieran concretar su primer “futbol con los perro“. Estaban entrando a la adolescencia, no lo sabían ellos (Carlos era el único que sabía el significado de aquella palabra rara que vieron una vez en Salud en 3er. grado con la profe Rufina) pero era así, y era el primero de muchos partidos más juntos que vendrían, o tal vez no, luego de aquel histórico día.

 

Ojepopete Jorge, sabía que estaban solos, era más un hábito que un llamado. Doña Eugenia era brava, entrar a su casa sin aplaudir te costaría un lindo jeja’o y hasta tu propia madre llegaría el aviso de que sos un mita’i maleducado. Por las dudas, era mejor siempre aplaudir primero. Entró Jorgito, malas noticias…

 

─Mamá oipota reho, jahake. 

 

Mal, Jorge venía a buscar a su hermano Aldo. Aquel encuentro de 4 amigos ahora terminó en una dupla, el dúo que organizó y no tuvieron otra que colocar 2 sillas cable, la verde y la azul que todavía no se habían soltado y decidieron entonces ─ya que iban a ser solamente 2─ meter la tele a la sala. Aquel Toshiba de 20 pulgadas pero 60 kilos, más o menos. Pudieron entre 2, y luego de un par de giros a la antena, buscando el norte, un toque de virulana, que mete, que alarga, listo: Canal 9 salía casi casi impecable, la llovizna clásica de aquellas épocas era imperceptible y con aquel pasto verde chillón del Monumental de Núñez de fondo ya nada importaba, estaba por llegar la hora.

 

La cábala era poner la tele y escuchar Cardinal. Esa ligación de Martín con los Julios, le transmitió su papá, cuando todavía vivían juntos en la Quinta Neluye. Esa radio portátil de 3 pilas grandes Eveready, la del gato, conocía solamente 2 sonidos: la polka paraguaya y los partidos del Ciclón de Barrio Obrero. Era también, cierto, una forma de brindar un homenaje al viejo. Aquel señor que no paraba de insistirle a Martín, desde muy muy chico, a ser humilde siempre y lo más importante, algo que él no había tenido oportunidad: a estudiar.

 

─Estudia ke che ra’y, alguna ve oiko arä ndehegui algo.

 

Irónica es la vida. En uno de sus viajes para vender ─justamente─ cuadernos de librería El Colegio, en una noche lluviosa, la ruta empinada, el camión repartidor del papá de Martín no resistió el barro cruel de la tierra roja y volcó sobre él sus toneladas de útiles escolares. Martín tenía 9 y la partida de su papá fue devastadora, solía sentarse en la vereda que da a la calle Cerro Corá a mirar el atardecer y recordar las tardes de penal mano a mano con su papá en el empedrado, donde las rejas de Carmen eran los arcos. Su papá le enseñó a chutar con el empeine, a dar un pase exacto con el interior del pie y, lo más difícil, pegarle de 3 dedos… su papá le había enseñado prácticamente lo único que había aprendido, a jugar al fútbol, a dominar el balón y entender conceptos complicados para un niño pero que serían tan útiles en su vida de adulto: trabajo en equipo, saber perder y levantarse después de una derrota, que el fútbol (como la vida) siempre te da revanchas, que con trabajo, dedicación y disciplina podría un día cumplir su sueño, ser profesional (jugando al fútbol o en otro rubro) y poder ayudar a su abuela Eugenia, a sus hijos, a su barrio.

 

Lo que más recuerda Martín, son aquellos días de 1991 cuando su amado Cerro Porteño llegaría a la final del torneo local y tenía que enfrentar al poderoso Sol de América de Alejandro Cano. Su papá, mientras escuchaban por radio la tanda de penales del partido semifinal, le dice:

 

─Ñaguaheramo finalpe, jahata estadio pe. 

 

No entró en el pecho de Martín tanta emoción, iría a conocer nada menos que el Defensores del Chaco, el estadio más grande del país donde juegan sus ídolos, ese estadio que Cerro llenaba en cada partido y estaría presente escuchando EN VIVO el aliento de sus iguales, fanáticos de la azulgrana como él. Luego de un viaje ajetreado en bus, llegaron al Defensores y al cruzar el control de los policías… Martín conoció el cielo, ese manto verde enorme con los arcos en un impecable blanco y redes extendidas, gigante… todo le parecía monumental y la cantidad de gente no podía dimensionar. Martín tenía terror a las alturas, pero en ese momento ─sentado sobre los hombros de su papá─ no le importó nada, era inmensamente feliz… con su hinchada, con su público, con su papá. El Ciclón había perdido, Sol se consagró campeón, el partido terminó y ese público de azul y grana seguía en las gradas, saltando, alentando… a pesar de la derrota. Ese día Martín supo que su club es Cerro Porteño, el Club del Pueblo… y le entregó su corazón.

***

Julio González Cabello pega un grito… genera el ambiente para poner al corazón caliente y con el ritmo necesario para soportar este tipo de partidos… Canal 9 con señal casi perfecta, silla cable y almohandocito rojo en cada una, tereré en jarra de vidrio, guampa forrada en cuero, silla cable y Cardinal al mango. A Carlos le gustaba repetir en voz alta el separador de la estación: “Más que una radioooo, Radio Cardin… CARDINAL!!” decía; un poco por sus ganas de ser cantante desde muy chico… otro poco en forma jocosa tal vez hacia las emisoras AM, él prefería la 91.7 Radio Latina o la 91.9 FM del Sol.

 

Empezó el partido!

 

Los relatores hablan de 12 mil o 15 mil, realmente es muy difícil determinar con exactitud, pero la cantidad de paraguayos presentes en las gradas se escucha claro y fuerte hasta por la radio: Fiui PA-RA-GUAY… Fiui PA-RA-GUAY. La Albirroja pierde 1 a 0 pero la esperanza está intacta, y en uno de los intentos tímidos de Paraguay, cae “La Flecha” Rojas… faltaaa!!

 

─No es un poco exagerado… Es muy lejos!

 

Un poco porque es verdad, otro poco por el miedo notable en esa voz algo entrecortada del comentarista argentino… que al ver a José Luis acercarse a la pelota le corta la piel, como una fila navaja, un intenso frío recorre su cuerpo de punta a punta y se le pone la piel de gallina (Gallina, el apodo del hincha de River, local en ese estadio… el Monumental de Núñez) y un sudor frío se apoderó de su frente brillante bajo sus escasos pelos canosos… Fernando era su nombre, Temor su apellido.

 

─Te parece? 

 

Le responde el relator, Mariano, que en su papel está más acostumbrado a ser imparcial y, acostumbrado también, a ver los golazos de José Luis casi en cada fecha del fútbol argentino. Goles de tiro libre, de penal, de mediacancha! Si había algo que sabía hacer José Luis era eso: hacer goles, aun siendo arquero, e infundir terror en los argentinos.

 

José Luis no escucha el “Es muy lejos” de Fernando… esa frase desalentadora que él había escuchado desde chico allá en Luque, cuando le decían que no podía jugar al fútbol, que era gordo, que era bajo… que se dedique mejor a ayudar a sus tíos en la matadería de cerdos, que para jugar al fútbol hay que dominar la pelota, y en eso él no era bueno.

 

“Es muy lejos” Tampoco escucharon Martín ni Carlos, que escuchaban Cardinal… y tampoco escucharon millones de paraguayos que miraban ese partido. Es verdad, muchos… tal vez la mayoría, sí escuchó… “Es muy lejos”, que se traduce en “No lo intentes, no naciste para eso… quedate en tu lugar, quedate en esa zona de confort… para qué arriesgar? Conformate a lo que tenés, limitate a hacer tu trabajo, es lo que te tocó”.

 

Ese es el “Es muy lejos” que muchos escucharon aquel día, y siguen escuchando todos los días… los que permanecen en sus puestos y se limitan a hacer lo que les dice el DT de la vida. Pero MUCHOS otros paraguayos jamás lo escucharon… compatriotas que dejaron sus familias, sus puestos de trabajo ─digno, pero insuficiente─ para buscar mejores oportunidades. Salieron de la zona que les tocó defender y decidieron ir a buscar el gol… “El gol está en el área” decía Don Marcos, tío de Carlitos, y hay que ir a buscarlo. “Ehuguati na pe pelota!!!” solía gritar a sus alumnos de la escuela de fútbol, inculcándoles la filosofía de salir a buscarla, de no esperar.

 

José Luis no escucha el “Es muy lejos” de Fernando… esa frase desalentadora que él había escuchado desde chico allá en Luque

 

“Es muy lejos” no escuchó Manuel, aquel estudiante que le apasionaban las computadoras y quería ser Ingeniero pero en su ciudad natal solo enseñaban Derecho y Administración, entonces viajó a Asunción para vivir en piecitas de 2×2, posadas, hospedajes, con parientes, pasando frío, cenando pororó, buscando trabajos de medio tiempo para solventar las fotocopias y los Gs. 1.100 del pasaje.

 

“Es muy lejos” tampoco escuchó Hernán, que perdió a sus 2 papás en la adolescencia y se hizo cargo de su hermano más chico y del negocio, sacrificando las noches de charla y cerveza con los amigos porque debía madrugar. Tampoco Melina (cuya mamá sufre de depresión) que si bien terminó Derecho sabía que podía más y que su pasión estaba en otro lugar, dejó todo y encontró el trabajo de sus sueños en una multinacional, que le permite hoy ayudar a su mamá.

 

“Es muy lejos” tampoco escuchó Alejandra, que con apenas 17 dejó su barrio, sus padres, sus hermanos, para aventurarse en la gran ciudad, buscar trabajo y estudiar. Su corta edad, su dificultad con el idioma, su nula red de contactos no le impidió ─sin títulos universitarios aún─ convertirse en una de las mejores en lo que hace, pasando por empresas líderes del país, ayudando a crecer a su empresa, a su familia, a su gente.

 

“Es muy lejos” tampoco escuchó Doña María, que sufrió 11 años de maltratos verbales, físicos y psicológicos del marido hasta que se hizo de valor, se separó y se hizo cargo de sus 3 hijos, empezó a estudiar ya de “vieja” y logró convertirse en docente, enseñar inglés para comprarse una casa digna, para ella y sus “hijos adorados” como a ella le gusta llamarlos. Con años de trabajo, luego abrió una librería y pudo ─con eso─ solventar los estudios de sus hijos en Asunción.

 

José Luis se acerca y el relator ─mirando fijamente al terreno allá lejos en 1996─ se prepara para decir la frase que hoy todos los paraguayos deben escuchar. Aquellos que quieran crecer, levantar su comunidad, levantar al país… pero no se animan, que se les llenó la cabeza con inseguridades y tienen aquello de “cumplir tus sueños” como a algo muy, muy lejano:

─Te digo algo… No es lejos.

Gol de Paraguay.

FIN.


Comentarios

Dejá un comentario

Arriba